La hora de la verdad

Campesino con chaquitaclla. Fotografía de Martín Chambi.
Por Orlando Mazeyra Guillén*
Hoy mamá ha decidido no ir a votar el próximo 11 de
abril. «Prefiero pagar la multa nomás y así no corro el riesgo de contagiarme:
quieren que nos quitemos el tapabocas y que aguantemos la respiración durante
diez segundos para que los miembros de mesa nos reconozcan, ¡qué barbaridad!»,
dice desalentada. Javier —su sobrino que apura los trámites de la herencia de
mi abuela— le ha dejado en claro que «para que todo marche sobre ruedas» tiene
que votar por López Aliaga, Keiko Fujimori o, en el peor de los casos, por
Hernando de Soto.
—Es gente que tiene las cosas claras —le ha explicado durante una extensa
charla telefónica—. No estamos para darle cabida a los odiadores radicales.
—¿Quiénes son los odiadores? —le ha preguntado mamá tratando de comprenderlo.
—Verónika Mendoza, pues. Esa mujer nos va a llevar al precipicio. Te puede
quitar tu terreno y te quedas sin la herencia… la izquierda nos puede quitar
hasta los celulares…
—¿Tanto así? —preguntó mamá asustada.
—Sí, no te olvides de Velasco. El Perú necesita un empresario como Piñera en
Chile. Alguien que defienda el libre mercado con uñas y dientes.
Mamá no quiere votar por ningún ala del fujimorismo. Por otro lado, tiene miedo
de las colas, de la gente que se amontonará en los locales de votación.
Papá, en cambio, ya no está obligado a votar, pues tiene 75 años. Pero irá de
todas formas.
—¿No es mejor que te quedes en casa nomás?
—Mientras tenga salud voy a votar.
—Piénsalo mejor, es riesgoso.
—No —retrucó—. Además, puede ser mi última votación. Y también votaré de todas
maneras porque es verdad que ellas son mejores que nosotros.
—¿Quiénes son ellas?
—A mi edad ya no estoy para tibiezas, hijo. El tiempo, como te habrás dado
cuenta, se pasa volando.
—Estás nostálgico por lo que estuviste revisando tu archivo del trabajo.
—Ya no más pasos en falso: quiero que sea mujer.
—¿Te refieres a Keiko?
—Voy a votar por una mujer —prosiguió él, sin escucharme—. Ha llegado la hora
de la verdad, hijo. Que no nos vuelva a ganar el miedo.
—¿Verónika Mendoza? —pregunté sorprendido.
—Sí —asintió orgulloso—. Habla quechua, es una provinciana auténtica, orgullosa
de sus raíces y no como el pobre diablo de Vizcarra. ¿Tú sabías que ella era
hincha del Cienciano?
—No, recién me enteré luego de ese debate donde estuvo bastante convincente.
—Quiere a su tierra, así como nosotros a la nuestra. No intenta sentirse
limeña, sino peruana, tú me entiendes.
—Sí, creo que sí, papá. Pero… ¿y lo de Venezuela?
—Es el recurso de los canallas: esa mujer sabe muy bien lo que tenemos que hacer
para tener un mejor Perú. ¿Tú crees que admira a Maduro o quiere convertirnos
en una nueva Cuba?
—No.
—¡Claro que no! Desde que ingresé a las fuerzas armadas me enseñaron a odiar a
la gente de izquierda. He tenido que hacerme viejo para ver las cosas con mayor
claridad: Mendoza puede tener muchos defectos, como todos, pero con ella en la
presidencia todavía habrá una esperanza.
—No te ilusiones tanto, papá. La política peruana es…
—Tengo 75 años e iré a votar por una mujer que pueda cambiar nuestra historia.
—Vas a correr un riesgo innecesario: ya no estás obligado.
—Lo haré por Mendoza y por todas las mujeres del Perú, ¿y tú?
—No sé —lo miento—. Todavía no lo sé.
—Sólo a ella le entregaría a mis nietos. A Verónika Mendoza y a nadie más, ¿te
quedó claro?
—Sí, papá.
Tuvo que llegar una pandemia para coincidir con mi padre: sí, en la hora de la
verdad, una mujer tendría que hacerse cargo. ¿Acaso será posible que una mujer
por fin nos saque del pozo séptico? «Soñar no cuesta nada, papá», pensé y un
inédito entusiasmo de apoderó de mí: ni él ni yo estábamos como para tibiezas.
—Ahora sólo tienes que convencer a tu mamá.
Es
más que sencillo. Votar por un candidato de la derecha rancia y trasnochada es
como seguir insistiendo con Raúl Ruidíaz de 9 en la selección nacional. Ese
delantero nunca funcionó, siempre fue un fiasco: apenas le hizo un gol con la
mano a Brasil (un tanto tramposo como muchos candidatos que creen que la
Constitución de Fujimori es la Biblia). Ruidíaz es como el modelo económico que
instauró Alberto Fujimori en los años noventa: ¿seguimos insistiendo con más de
lo mismo o le ponemos la camiseta a Verónika Mendoza para ganar el partido más
importante del Perú? La pandemia nos ha dejado lecciones durísimas. Si queremos
resultados distintos, no hagamos siempre lo mismo.
*Publicado en el diario El Pueblo de Arequipa el domingo 4 de abril de 2021
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